domingo, 15 de junio de 2014

Las existencias re-direccionadas


El desarrollo científico-técnico ha sido re-direccionado por los grupos de poder del Sistema Capitalista de forma que tal dirección fortalezca los dominios que poseen esos grupos. Como una feliz relación individuo-colectivo (la gran obsesión pendiente del Comunismo) puede desintegrar a las élites gobernantes capitalistas, éstas han decidido abiertamente superar la trayectoria comunista e imponer la primacía individual. Mediante los recursos de la Ciencia y la Técnica se está diseñando todo para re-direccionar nuestras vidas de manera que, aún dándonos cuenta y rechazándolo, lo aprobemos por la infinita amenaza comunista convertida en terrorismo. Todo, absolutamente todo, se prepara y se hace para avivar en las más diferentes sociedades el culto al individuo en contra de los valores del colectivo. Pero el colectivo, por su propia condición de integrador de los individuos que lo sostienen, ofrece una natural resistencia, ¿hasta cuándo? Los poderosos ya tienen un buen recorrido en sus derechos individuales. Sólo les falta que los de abajo también nos creamos completamente los beneficios de su alma. Por esa vía pueden debilitarse y finalmente destruirse todos los esfuerzos por los sueños colectivos: que todos vivamos en paz con los mismos derechos y deberes en un mundo verdaderamente natural.

Los Grandes Medios de la información se han especializado en hacernos creer la urgente necesidad de comprender nuestras equivocaciones sobre los peligros del mundo que vivimos. De la forma más legítima desarrollamos el miedo a lo peligroso y nos despreocupamos hacia donde nos re-dirigen. Si antes imaginábamos que todo debía suceder a favor del bienestar general, ahora participamos de un ritual más acorde con el Sistema triunfante: el exquisito y bien amado derecho individual debe preservarse a costa de cualquier cosa, aún cuando nosotros no nos veamos en la individualidad reconocida. La re-dirección, astutamente, nos sitúa en la esperanza de estarlo.

En lo más hondo de nuestras sensibilidades sabemos qué sucede en Afganistán, Irak, Egipto, Libia, Siria, Venezuela, Ucrania y en tantos otros sitios ensangrentados. No resulta fácil de creer que los grupos más poderosos del Capital tengan gestos de bondad con los pueblos. Pero, como ya estamos en el camino de la re-dirección exitosa, ésta nos mueve alrededor del alma del Capital. Apenas nos sobrecogemos con los acontecimientos y se está demostrando que podemos soportar sin significativos sonrojos la interpretación que nos dan.

Mientras, entre nosotros, a pesar del descreimiento general hacia nuestro entorno, las redes sociales por internet nos entregan la convicción de ser geniales. Ni de milagro nos pasa por la cabeza que lentamente nos podemos convertir, como los afganos o los egipcios, en existencias prescindibles. Al fin y al cabo nosotros estamos de este lado del poder. Ni la menor idea tenemos que la re-dirección que llevan nuestros pensamientos y nuestras conductas fue aprobada por nosotros mismos a favor del individuo prometido. Y seguimos la marcha: ya no hace falta que conversemos o nos reunamos, y mucho menos que pensemos, para eso están las máquinas que lo hacen con un cariz formidable para el mantenimiento del Sistema, el orden en el Poder, la garantía del Bienestar para los que nos dominan y un magnífico collar de cadenas esclavizadoras para que nosotros, los trabajadores de turno en los Centros de Poder, estemos entretenidos con nuestra incomunicación y nuestra cómoda resignación al apretar un botón para tomar un café luego de echar las monedas que la máquina nos pide. Casi como una epopeya plena de ardides fantásticos –la de estos tiempos en que todo indica que nos han vencido- acatamos que la re-dirección de nuestras vidas puede alcanzar un espléndido porvenir que ya está frente a nosotros y debemos prepararnos para disfrutarlo.

Lo que más importa es nuestro estatus personal, pero a ese nivel de la cotidianidad nos estamos encontrando con ciertos inconvenientes: la comunicación que sostenemos con las diversas instancias de las administraciones públicas está siguiendo el mismo camino que ya iniciaron importantes empresas privadas: una milimétrica relación a través de cuestionarios cerrados donde casi siempre las empresas nos re-dirigen hacia donde ya lo han valorado para su beneficio.

Esta simpleza de la razón diaria vino a hacerse consciente cuando, tras habernos dado de alta –por un módico precio- en una tarifa plana que nos prometía la gratuidad en todas las llamadas telefónicas nacionales, diversas entidades cambiaron sus números telefónicos por otros que debíamos pagar aparte aunque estuvieran dentro de la nación. Luego estos números perfeccionaron la incomunicación –y el coste de la llamada- a través de máquinas que nos indicaban las diferentes gestiones que podíamos realizar con los correspondientes números agregados que debíamos marcar. Estas operaciones tendían a evidenciar cada día más la desaparición del interlocutor a cambio de un orden estricto del que no podíamos desviarnos. De la victoria con la máquina telefónica se pasó a su imitación en la tramitación presencial de diversos servicios públicos: todo está en los impresos cerrados que rellenamos. Apenas hay escapatoria de ellos, y de contra, también se nos anuncia que si nuestra gestión es denegada debemos interpretar que “el silencio” es una respuesta concluyente. Ya no están obligados a hablarnos. También el re-direccionamiento de nuestra actitud hacia reacciones pacíficas lo aseguramos nosotros mismos a través de aquel individuo que nos propusieron como un derecho y que, según siguen diciéndonos, la burocracia comunista nos impedía acceder libremente a él.

Podrán argumentarse diversos renglones a favor de la era digital y sus beneficios para toda la sociedad, pero lo que no se podrá argumentar a su favor es la responsabilidad que para con los ciudadanos está eludiendo el Poder que maneja el desarrollo científico-técnico actual. Pero, ¿alguien tiene “cita previa” para decir algo sabiendo que en Pakistán o en Yemen o en cualquier otro lugar los drones teledirigidos confirman diarias masacres que no necesitan explicaciones y que, aunque insistamos en decir algo, en el impreso de la “cita previa” no aparece ninguna posibilidad de diálogo? Los que mueren a partir de esos tecnicismos, nos dicen los poderosos, constituyen el precio inevitable que debemos pagar como individuos altamente desarrollados, aún cuando para nosotros tal desarrollo esté significando una tele-dirección que, a su tiempo, nos hará igualmente desechables, sin la menor diferencia de un pakistaní o un yemení. Después de todo, ¿por qué habría de haber alguna diferencia?

Mi valor como individuo, ya empobrecido por las tantas tarifas planas que pagué en los más diversos aspectos, ya no existe incluso para trabajadores iguales que yo y que su oficio es atenderme a través de un impreso cuyo formulario está cerrado, ¿ellos se darán cuenta? No lo sé y quizás sólo estoy escribiendo con la intención de tomar mayor conciencia yo mismo y que mis compañeros sepan o alguien les haga saber que muy pronto su valor también dejará de existir: será sustituido por máquinas elaboradoras de impresos y ellos caerán, como yo y tantos otros como yo, en la aberrante situación de arrodillarnos ante las máquinas, sin ninguna posibilidad de que nos contesten, para implorarles misericordia. La conclusión es muy clara: entre todos estamos colaborando a la perfección de las existencias prescindibles, pero cabe señalar que la re-dirección científico-técnica de nuestras vidas posee un estrepitoso error de diseño: pueden surgir inconvenientes colectivos al Poder del Sistema. Y una advertencia por si se producen inconvenientes individuales: Muchas gracias y disculpen las molestias causadas.

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